El “Segundo piso” de la aprobación: Sheinbaum frente al espejo de AMLO
A 14 meses de haber asumido la presidencia, Claudia Sheinbaum no solo ha logrado preservar la herencia política de la llamada “Cuarta Transformación”, sino que, en términos estadísticos, ha conseguido superar la marca de aprobación que ostentaba Andrés Manuel López Obrador en el mismo punto de su sexenio. Según los datos de la encuesta de Enkoll de diciembre de 2025, Sheinbaum cuenta con un 74% de aprobación ciudadana.
Para poner esta cifra en perspectiva, en febrero de 2020, el mes 14 del gobierno anterior, López Obrador registraba un 67% de aprobación, lo que representa una ventaja de siete puntos para la actual mandataria.
Ambos líderes iniciaron con niveles de apoyo masivos y experimentaron picos de popularidad tempranos: AMLO alcanzó un 85% en febrero de 2019, mientras que Sheinbaum registró su máximo histórico de 83% en marzo de 2025. Sin embargo, la trayectoria de Sheinbaum muestra una tendencia al descenso más gradual; aunque ha bajado desde su pico de marzo, se mantiene en un sólido “segundo piso” de confianza popular.
El éxito de Sheinbaum radica, en gran medida, en la continuidad de la agenda social. Los programas de apoyo económico son citados por el 38% de los encuestados como su principal logro, destacando específicamente las pensiones para adultos mayores y las becas.
No obstante, la presidenta ha logrado imprimir un sello propio: los derechos de las mujeres y los apoyos específicos para este sector son percibidos como un avance diferenciador respecto al sexenio anterior. Su base más fuerte se encuentra en los adultos mayores de 65 años (86% de aprobación), pero enfrenta un desafío importante entre los jóvenes de 18 a 24 años, donde su aprobación cae al 61%.
A pesar de los altos niveles de popularidad, Sheinbaum hereda el mismo “talón de Aquiles” que AMLO: la inseguridad. El 51% de los mexicanos identifica la inseguridad y el narcotráfico como el principal problema del país, y un 21% considera que no combatir la delincuencia es el mayor error de su administración.
Un aspecto crítico en la opinión pública para la presidenta es la percepción de su autonomía. Un 7% de los ciudadanos que desaprueban su gestión señalan como error el “seguir las instrucciones de López Obrador”, lo que sugiere que una parte del electorado observa con lupa la independencia de su liderazgo frente a la sombra de su antecesor.
Claudia Sheinbaum cierra su primer año largo de gobierno con una legitimidad robusta que desafía el desgaste natural del ejercicio del poder. Al superar los números de AMLO en el mismo periodo, la presidenta demuestra que el modelo de la 4T sigue vigente, pero también que su mandato está siendo evaluado bajo sus propios méritos, especialmente en su capacidad para abordar la violencia estructural que sigue siendo la asignatura pendiente de este proyecto político.
T-MEC: Norteamérica a prueba
Ya hay fecha para la primera prueba política del T-MEC. El próximo lunes 16 de marzo tendrá lugar la primera reunión preliminar con vistas a la revisión del tratado de libre comercio entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC).
Conviene aclarar que en este encuentro participan únicamente Estados Unidos y México. Canadá no forma parte de esta ronda inicial, aunque sí participa en el proceso general de revisión del tratado que culminará este mismo año.
El diseño del tratado prevé una revisión durante los primeros seis años para determinar si el acuerdo se extiende por otros dieciséis. Lo que está en juego no es poca cosa: si los tres países no confirman su continuidad, el tratado entraría en una fase de revisiones anuales que podría llevar a su eventual expiración en 2036.
Detrás de este proceso hay cifras que explican su importancia. El comercio entre los tres países supera 1.7 billones de dólares anuales, lo que equivale a casi 5 mil millones de dólares diarios cruzando las fronteras de Norteamérica. Tan solo entre México y Estados Unidos el intercambio comercial llega a 850 mil millones de dólares al año.
La integración es tan profunda que millones de empleos dependen directamente de esta red productiva. Se estima que alrededor de 12 millones de puestos de trabajo en la Unión Americana están vinculados al comercio trilateral, mientras que en México más del 35% del PIB industrial depende de las exportaciones hacia el mercado estadounidense. De ahí que en el fondo la discusión acerca del acuerdo económico no se encuentre en su permanencia, sino en qué condiciones se mantendrá vivo.
El primer frente de conflicto se encuentra en la industria automotriz. Actualmente el T-MEC exige que el 75 % del contenido de un automóvil provenga de Norteamérica para poder exportarse sin aranceles. Washington busca elevar ese porcentaje al 85% para reducir la presencia de componentes provenientes de Asia, especialmente de China.
El segundo frente de fricción será la política energética. Desde hace varios años Estados Unidos y Canadá sostienen que ciertas decisiones regulatorias del gobierno mexicano favorecen a empresas como Pemex y la Comisión Federal de Electricidad. Para Washington, esas medidas distorsionan la competencia; para el gobierno mexicano, se trata de preservar la soberanía energética.
A esto se suma un tercer factor difícil de ignorar: la presencia de capital chino en la industria nacional. En los últimos cinco años, la inversión extranjera directa de empresas asiáticas en México ha crecido de manera sostenida, particularmente en sectores como autopartes, electrónica y maquinaria. En Washington existe la preocupación de que el T-MEC se convierta en una puerta falsa para que empresas chinas accedan a su mercado.
¿Hasta dónde está México dispuesto a ceder? Es la pregunta que todos nos hacemos, dado que el margen de maniobra es poco. Más del 80% de las exportaciones mexicanas tienen como destino la Unión Americana y alrededor del 40% de toda la inversión extranjera que llega al país proviene de empresas estadounidenses. Es probable que México acepte ajustes en reglas de origen o en cooperación industrial. Donde la resistencia será mayor es en energía y regulación interna, dos temas que el gobierno considera estratégicos.
Hay un elemento que conviene subrayar: el debate en Estados Unidos sobre el tratado no se reduce a la figura de Donald Trump. Aunque el discurso proteccionista ha ganado terreno, el consenso entre empresarios, gobernadores fronterizos y buena parte del congreso sigue siendo favorable al acuerdo. Para muchas industrias estadounidenses, la integración de México no es una concesión política sino una necesidad económica.
La paradoja es que el propio endurecimiento de la política comercial estadounidense podría terminar fortaleciendo a México. En la medida en que Washington busca reducir su dependencia de China, la relocalización de fábricas convierte al territorio mexicano en la plataforma industrial más cercana y competitiva para abastecer el mercado norteamericano.
La revisión que inicia ahora no decidirá todavía nada, pero sí marcará el tono de una discusión que definirá el futuro económico de la región durante décadas. En el fondo no se trata solo de comercio. Se trata del lugar que México ocupará en la economía del siglo XXI.
Economía en tacones
La participación de las mujeres se consolida como uno de los factores con mayor potencial para impulsar el crecimiento económico de México. Más allá de ser un tema de equidad, cerrar las brechas de género representa una estrategia clave para fortalecer la productividad y la competitividad del país.
Actualmente, alrededor del 46% de las mujeres en edad de trabajar participan en el mercado laboral, una cifra que aún se encuentra por debajo del promedio de los países de la OCDE, lo que evidencia una oportunidad importante para ampliar el dinamismo económico mediante una mayor integración del talento femenino.
Uno de los retos que enfrenta la economía mexicana es la persistencia de la informalidad laboral, donde más de la mitad de las mujeres ocupadas desarrollan sus actividades fuera del sector formal, lo que limita su acceso a seguridad social, financiamiento y oportunidades de desarrollo profesional.
A ello se suma una brecha salarial que continúa afectando el ingreso de los hogares y el fortalecimiento del mercado interno. En este contexto, la inclusión financiera se ha convertido en un factor clave para ampliar las oportunidades económicas de las mujeres y fortalecer su participación en la economía formal.
Los datos de Círculo de Crédito, la Sociedad de Información Crediticia, lo reflejan: el 63.33% de las personas registradas son mujeres y la mayor concentración se encuentra en las generaciones millennial y generación X, con 25.14% y 23.69%, respectivamente. Además, el 53.40% de la participación en créditos corresponde al sexo femenino, lo que confirma una presencia cada vez más relevante de las mujeres en el uso de herramientas financieras. Este avance no sólo contribuye al bienestar de las familias, sino que también fortalece la estabilidad del sistema financiero y abre nuevas oportunidades para el crecimiento económico del país en los próximos años.
El rezago silencioso de las mujeres en el mercado laboral
Cada año, en el marco del Día Internacional de la Mujer, el debate sobre equidad laboral regresa a la agenda pública. Sin embargo, más allá de los discursos, los datos muestran que el rezago sigue siendo profundo.
Una encuesta de OCC, la bolsa de trabajo en línea, revela que 76% de los trabajadores percibe que las mujeres deben demostrar más su capacidad para ser reconocidas profesionalmente. Este dato no es menor: habla de una exigencia invisible pero constante, que convierte la trayectoria laboral femenina en una carrera con obstáculos estructurales, por ello no es casualidad que los principales retos señalados sigan siendo la conciliación entre trabajo y vida personal, el acoso de género y la brecha salarial.
La percepción del mercado laboral confirma lo que diversas instituciones han advertido desde hace años. El Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) señala que ninguna entidad federativa ofrece todavía condiciones laborales óptimas para el desarrollo de las mujeres. Incluso en estados con mayor participación económica femenina —como Ciudad de México— persisten problemas de calidad del empleo, informalidad y precariedad, particularmente entre las jóvenes. En otras palabras, el avance en participación no necesariamente se traduce en mejores oportunidades ni en igualdad real dentro de las organizaciones.
Esta brecha también tiene un costo emocional y productivo que pocas veces se dimensiona. El sondeo mencionado indica que 82% percibe el burnout femenino como una situación frecuente en el entorno laboral. La razón es clara: muchas mujeres enfrentan una doble o triple jornada que combina responsabilidades profesionales, domésticas y de cuidados. En este contexto, no sorprende que cada vez más trabajadores exijan a las empresas coherencia entre el discurso de inclusión y acciones concretas: flexibilidad laboral, igualdad salarial, espacios seguros y políticas que reconozcan la salud mental como parte central de la productividad.
El verdadero desafío es asumir que la desigualdad laboral de género es también un problema de competitividad para el país. Limitar el talento femenino significa reducir el potencial de crecimiento económico y de innovación. Si México aspira a construir un mercado laboral más dinámico y sostenible, tendrá que dejar de tratar la equidad como una agenda simbólica de una sola fecha y convertirla en una estrategia estructural, de lo contrario, seguiremos celebrando avances mientras el rezago continúa silenciosamente.
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