Ormuz: el precio del unilateralismo

Desde antes de que iniciaran los ataques, los estrategas estadounidenses ya sabían que el Estrecho de Ormuz podría ser el nudo que impidiera el éxito avasallador que pretendía conseguir el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en Irán.

Con su displicencia característica, el propio mandatario rebatió a los expertos asegurando que barcos de su país estarían en posibilidad de escoltar a los buques tanque que mueven el 20% del petróleo en el mundo.

Hoy los costos empiezan a salir a flote; los precios del petróleo encienden un nuevo foco de alerta internacional y ponen en evidencia el alto costo de haber actuado sin aliados. Estados Unidos construyó un consenso limitado prácticamente a Israel; el precio por pagar está claro: el aislamiento político por parte de sus principales socios militares, a quienes sistemáticamente ha desdeñado.

Las señales enviadas desde Europa son claras. El énfasis en que no existe un mandato de las Naciones Unidas es más que una declaración: una toma de distancia. Y cuando esto se acompaña de un “no es nuestra guerra”, el mensaje es todavía más directo: no hay disposición a sumarse a una guerra que ni fue consultada ni compartida. Y si bien no se trata de una ruptura del organismo militar, sí es una grieta que debilita su cohesión y cuestiona el liderazgo estadounidense.

Hay que recordar que la OTAN es un organismo de defensa diseñado para responder colectivamente a amenazas comunes, no para respaldar decisiones unilaterales. Sin el paraguas de la OTAN, cualquier intento de controlar o defender una zona estratégica como Ormuz se vuelve más complejo, porque no se trata nada más de un problema de capacidad militar, sino que involucra legitimidad internacional.

Irán se juega todo en una estrategia quirúrgica. Plantea un bloqueo selectivo —dirigido específicamente a Estados Unidos e Israel—. Evita cerrar completamente el flujo global y desincentiva una reacción internacional más amplia a la vez que divide.

El riesgo, sin embargo, sigue siendo enorme. Por el Estrecho de Ormuz transita el 20% del petróleo del mundo. Cualquier alteración, incluso parcial, desata los precios y la volatilidad económica global. Y esa volatilidad trae consigo efectos políticos que terminan sintiéndose en la vida cotidiana.

De cara a las elecciones intermedias en la Unión Americana, este factor pudiera ser determinante. Los votantes tienden a castigar las crisis percibidas como innecesarias o mal gestionadas, sobre todo cuando tienen un impacto directo en la economía. Si a eso agregamos que el propósito de un ataque intempestivo (un día antes estaban reunidos los negociadores de Estados Unidos e Irán) no está claro, el costo político pudiera crecer rápidamente.

Como si Trump no tuviera suficientes problemas, se sumó la renuncia del jefe de la lucha antiterrorista, Joe Kent, quien se opuso a los ataques, aduciendo que Irán no representaba un peligro inminente y que, a cambio, arrebató las vidas de compatriotas, mermando la riqueza y la prosperidad norteamericanas.

En conjunto, lo que se perfila es un problema político de fondo. El cóctel de unilateralismo, fisuras en las alianzas, presión económica y dudas internas configura un escenario de alto riesgo. No por falta de capacidades sino de respaldo.

Estados Unidos siempre ha tenido una vocación beligerante; la diferencia es que hoy no le importa contar con la legitimidad que habían soportado sus acciones del pasado. La ley del más fuerte no puede seguir siendo la que rija en un mundo que ya cambió. Estados Unidos no puede y no debe regresar a la frontera con la barbarie si quiere mantener su liderazgo global.

La Justicia según Claudia

La presidenta Claudia Sheinbaum ha decidido heredar y sofisticar una de las herramientas más polémicas del poder: el indulto mediático. No se trata de un proceso legal, ni de un expediente administrativo, sino de una sentencia de pureza dictada desde la máxima tribuna del país. En el “Tribunal de la Mañanera”, la evidencia se rinde ante la confianza, y la sospecha se disuelve con un espaldarazo.

La reciente historia de la administración actual está marcada por el choque de trenes en el círculo más íntimo del poder. Casos como el de Julio Scherer Ibarra y Jesús Ramírez Cuevas, donde el lodo de las acusaciones por tráfico de influencias y manipulación mediática voló de un lado a otro. encontraron en la Presidenta no a una jefa de Estado dispuesta a ordenar una auditoría rigurosa, sino a una jueza de paz que reparte bendiciones de integridad.

Ante sedas acusaciones entre sí, la presidenta estuvo de acuerdo en defender a los dos. Al declarar su honorabilidad de ambos sin que mediara una investigación independiente, Sheinbaum no solo detiene el conflicto político; anula la posibilidad de que la ciudadanía conozca la verdad. La exoneración pública se convierte en un mensaje interno: mientras la lealtad sea absoluta, la protección será total.

Sin embargo, el uso de este “escudo de honestidad” adquiere tintes más graves cuando toca las fibras de la seguridad nacional y la economía. El caso del huachicol fiscal y los señalamientos que rozan a la Secretaría de Marina representan la prueba de fuego de esta estrategia.

Frente a investigaciones que sugieren la entrada masiva de combustible ilegal bajo la vigilancia de las aduanas marítimas, la respuesta presidencial ha sido el cierre de filas. Al exonerar de facto a los mandos de la Marina con el argumento de la “institucionalidad inquebrantable”, se crea una zona de exclusión para la transparencia. Si la Presidenta dice que son honestos, cualquier dato que apunte a la omisión o la complicidad es tildado de “ataque a las instituciones”.

Este modelo de gobernanza por exoneración genera efectos corrosivos para la democracia. Primero, la Inhabilitación de las instituciones o la disfunción de las mismas: cuando el Ejecutivo exonera antes de que la Fiscalía o la Secretaría Anticorrupción investiguen, estas últimas quedan reducidas a meras oficinas de trámite que no se atreverán a contradecir la palabra presidencial.

La verdadera fortaleza de un gobierno no debería medirse por la capacidad de su líder para meter las manos al fuego por sus colaboradores, sino por la solidez de un sistema que permita que esos mismos colaboradores rindan cuentas sin necesidad de un manto protector.

Al personalizar la justicia, Claudia Sheinbaum corre un riesgo histórico: cuando el escudo de la exoneración se utiliza de forma indiscriminada, termina por desgastarse. En el momento en que la realidad de los hechos, ya sea en las aduanas o en los despachos de poder, supere a la retórica, no habrá conferencia de prensa suficiente para cubrir las grietas de la impunidad.

Ética a secas

Hoy en día, hablar de ética en el ámbito profesional es relacionado con códigos internos, cumplimientos legales o, de manera más amplia, lo que se conoce como compliance, para evitar problemas legales o daños reputacionales. Un requisito más a cubrir que es bien valorado por clientes, socios, inversionistas y los propios integrantes de la organización.

Sin embargo, hablar de ética profesional como sinónimo de ética puede ser tan limitado como solo leer recetas de cocina para decir qué es la gastronomía. La ética es algo más allá de códigos de conducta o reglamentos. Son las personas capaces de deliberar, discernir y asumir responsablemente las consecuencias de sus actos.

Un problema así se plantearon en el Colegio de Ingenieros Civiles de México, donde Mauricio Jessurun termina su gestión como presidente del consejo directivo, y no quiso irse sin abordar el tema más allá del ámbito profesional, sino, cómo debe ser, desde el ser humano y el desarrollo de la conciencia ética. Porque detrás de cada obra existen decisiones técnicas, pero también decisiones humanas, dijo Jessurun.

Para ello, invitó al escritor y doctor en filosofía, Eduardo Garza Cuéllar quien, a partir de la obra “Los miserables” del escritor francés Víctor Hugo y el análisis del psicólogo estadounidense Lawrence Kohlberg, describió seis niveles de ética: un primer nivel, de premio y castigo que da una autoridad; un segundo, de costo-beneficio o de actuar a conveniencia; un tercero, de membresía, en la que se actúa con base a lo que determina el grupo al que se pertenece; un cuarto nivel, el de una ética de la norma, en la cual se la persona se siente satisfecha de cumplir una norma genérica, y no cuestiona esa ley o norma.

En el quinto nivel, una autonomía ética, es decir, un momento en que la persona no depende de las leyes, porque se exige más de lo que éstas le exigen, ni de la presión de grupo, ni depende de la conveniencia, ni requiere la presencia de la autoridad, es la propia conciencia rectamente formada, en un ejercicio de discernimiento, toma decisiones. Y, finalmente, un sexto nivel, una intuición de principios éticos universales.

Cabe señalar que el Colegio de Ingenieros Civiles de México cuenta con un Consejo de Ética,  secas, convencdos de que la verdadera ética no se limita al cumplimiento formal de formas, sino a una convicción interna que orienta decisiones incluso cuando lo conveniente sería evadirlas. En el caso de la ingeniería civil, incumplir normas no es un asunto técnico, sino una falta que afecta directamente a la sociedad, aspirando a una ética que no dependa de la vigilancia, sino de la conciencia, donde el profesionista actúe correctamente no porque deba, sino porque sabe quién es y a quién se debe.

El cargo Ormuz: el precio del unilateralismo apareció primero en Mundo Ejecutivo.

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