Entre el ruido y los números: lo que realmente dice el turismo sobre México.
Por Manuel Herrejón Suárez
En los años de experiencia que me ha dado el mundo de los mercados aprendí una lección que se repite con sorprendente regularidad: cuando el ruido sube, la calidad del análisis suele bajar. Hoy en día, algo muy parecido está ocurriendo hoy con la conversación pública sobre México, la inseguridad y el turismo.
Han circulado opiniones que retratan al país como si estuviera al borde de un incendio permanente. La narrativa tajante de que México estaría, según esa lectura, tan sitiado por la inseguridad que resultaría casi irracional pensar en viajar, invertir o desarrollar proyectos aquí. Es un relato poderoso, fácil de consumir… y profundamente incompleto, insuficiente.
Quienes venimos de los mercados sabemos que las percepciones importan, claro, mueven capital, afectan decisiones y moldean expectativas; pero también sabemos que, tarde o temprano, los hechos terminan imponiéndose. Por eso prefiero apartarme del dramatismo y mirar con calma lo que realmente está ocurriendo; por supuesto, desde mi punto de vista.
Empecemos por lo evidente: el turismo en México no se comporta como lo haría en un país “en llamas”.
En 2025 el turismo de cruceros creció 15%. Este no es un dato anecdótico. Las navieras internacionales operan con análisis de riesgo extremadamente rigurosos; no toman decisiones por impulso ni por buena voluntad. Si siguen apostando por puertos mexicanos, es porque el balance entre rentabilidad, experiencia del viajero y condiciones operativas sigue siendo favorable.
En paralelo, la inversión hotelera no solo se mantiene, sino que se expande con miras a 2026. Cadenas globales continúan desarrollando proyectos en Riviera Maya, Bacalar, Los Cabos y el Pacífico. El capital, conviene recordarlo, no es romántico: es pragmático. Y hoy, ese capital sigue encontrando en México una ecuación atractiva.
Aquí vale la pena hacer una pausa conceptual. El turismo no es un adorno de la economía mexicana; es una industria estratégica. Genera empleo, dinamiza economías locales, fortalece cadenas de valor y abre oportunidades en regiones que no necesariamente tienen acceso a manufactura avanzada o a grandes complejos industriales. En otras palabras, el turismo distribuye desarrollo. Basta recorrer el mapa para verlo con claridad.
La Riviera Maya sigue siendo uno de los destinos más competitivos del mundo, con ocupaciones que en temporada alta rozan el 100%. Bacalar se consolida como un polo de turismo sostenible y de alto valor agregado. Oaxaca combina cultura, gastronomía y patrimonio con una fuerza que pocos lugares pueden igualar. A ello se suman ciudades coloniales, pueblos mágicos, costas en dos océanos, selvas, desiertos y montañas que conforman una oferta extraordinariamente diversa.
Y no todo depende del visitante extranjero. El turismo nacional es sólido y resiliente. Familias mexicanas siguen viajando, llenando hoteles y sosteniendo economías locales en periodos vacacionales. Ese comportamiento también es un indicador de confianza interna que no puede ignorarse.
Ahora bien (y aquí está el matiz que muchos prefieren omitir); nada de esto significa que “todo esté bien”. La inseguridad es un desafío real y complejo que exige políticas más efectivas, coordinación institucional y una estrategia de largo plazo, sí. Negarlo sería tan irresponsable como exagerarlo.
Lo que sí es problemático es convertir un reto en una caricatura. Decir que “México está en llamas” puede ser retóricamente atractivo, pero no describe con honestidad lo que está ocurriendo en amplias zonas del país. Si ese diagnóstico extremo fuera cierto, no veríamos playas llenas en Semana Santa, conciertos y festivales culturales con boletos agotados, aeropuertos rompiendo récords de pasajeros ni cadenas hoteleras inaugurando nuevos complejos.
Tampoco estaríamos siquiera en la conversación como sede del Mundial de 2026. Impensable. No vale la pena adentrarse demasiado en ese tema, pero basta una reflexión elemental: ningún país percibido como ingobernable sería considerado para un evento de esa magnitud, o la Fórmula Uno, o la NFL que regresa al otrora llamado estadio Azteca. El simple hecho de estar en esa posición ya desmiente los escenarios más catastrofistas.
Desde la perspectiva inversionista, el turismo mexicano merece ser analizado con mayor seriedad y menos ideología. Es un sector amplio, diversificado y con fundamentos sólidos. No depende de un solo destino ni de un solo perfil de viajero. Tiene profundidad y resiliencia.
Como en los mercados financieros, aquí también hay volatilidad, riesgos y momentos de incertidumbre. Pero también hay oportunidades claras y tendencias estructurales favorables. Creo que México no necesita relatos triunfalistas ni diagnósticos apocalípticos. Necesita miradas equilibradas, basadas en evidencia y con horizonte de largo plazo.
Claro que el país no es un paraíso sin problemas, pero tampoco es un caos sin futuro. En el terreno del turismo, la balanza sigue inclinándose hacia la fortaleza, no hacia el colapso. Y quienes sepan leer entre líneas, como haría cualquier buen analista, entenderán que, más allá del ruido mediático, México sigue siendo una apuesta que vale la pena considerar con atención.
Porque al final del día, los números suelen ser más elocuentes que los titulares.
Manuel Herrejón Suárez es un empresario mexicano con más de dos décadas de experiencia en el sector bursátil y mercado cambiario, especialista en gestión de proyectos en el sector financiero. Es Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México, y Maestro en dirección de empresas para ejecutivos por el IPADE
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