Ormuz: una tregua sin victoria

Fue una idea mal calibrada. Pensar en eliminar una civilización en una noche no es solo una locura: implica borrar generaciones enteras, su lengua, su memoria y su identidad.

En un inicio Donald Trump buscaba dividir a la población, fragmentarla para derrocar al régimen iraní; en cambio, terminó consiguiendo lo contrario: cohesionó a su adversario, endureció a sus élites y redujo los márgenes de cambio interno.

La sucesión de hechos de las últimas horas difícilmente puede calificarse como victoria de Washington, pese a la retórica de la Casa Blanca. Irán venía de meses de tensión interna, protestas y desgaste político. Alguien debió darle a Trump lecciones de historia.

Frente a amenazas externas, la sociedad tiende a reagruparse. No necesariamente por una lealtad ideológica, sino por una elemental reacción nacionalista. La amenaza extranjera no distingue entre régimen y población, los unifica.

Washington bajó el tono militar y Teherán, a cambio, evitó cruzar ciertas líneas visibles. La apertura del Estrecho de Ormuz no cambia en los hechos su condición geopolítica. La amenaza permanece latente, porque Irán no necesita cerrarlo para generar caos y menos cuando amagó a sus vecinos con atacar sus instalaciones petroleras; de haberse concretado, muy poco crudo hubiera quedado para transportar.

El resultado final nada que tiene que ver con la paz, se trata simplemente de contención que deja sin resolver un problema que desde un principio fue creado artificialmente por Trump, quien sale bastante lastimado.

Con sus advertencias de destrucción total el mandatario norteamericano logró forzar una apertura táctica, sí, pero a un precio elevado. Una amenaza tan disparatada le ayudó nuevamente a imponer la agenda global, pero también generó expectativas tanto internas como externas –y si no que le pregunten a Israel–, expectativas que cuando no se cumplen erosionan la credibilidad. Ahí va una raya más al tigre.

La realidad es que la mayoría de sus compatriotas se opone a una nueva guerra en Medio Oriente, según sondeos de CNN esta cifra alcanza prácticamente el 60%. Cuando se habla de enviar tropas terrestres, el porcentaje se eleva hasta 75%. Ahí Trump tiene un margen político estrecho. Mientras del otro lado del mundo el régimen iraní sigue de pie, su capacidad de presión intacta y la región igual de volátil.

Finalmente, por enésima vez, la política quedó reducida a un lamentable espectáculo, un espectáculo que sirve para alimentar a los medios de comunicación, pero que no construye soluciones verdaderas. En el mejor de los casos compra tiempo. En el peor, incendia el terreno que luego pretende negociar, con el riesgo latente de que un paso en falso pueda provocar una hecatombe.

El Estrecho de Ormuz sigue abierto. Pero no por estabilidad sino por conveniencia mutua y en ese equilibrio artificial la pregunta natural sería no quién ganó, sino quién está jugando más cerca del error que puede incendiarlo todo.

Adiós a las APPs, ¿infraestructura con bienestar?

Fue aprobada por el Senado la llamada Ley para el Fomento de la Inversión en Infraestructura Estratégica para el Desarrollo con Bienestar, y la reforma a la Ley Federal de Presupuesto y Responsabilidad Hacendaria, con la finalidad de promover el financiamiento mixto en proyectos estratégicos, y que sustituye a la Ley de Asociaciones Público Privadas, las famosas APPs.

La iniciativa tuvo su origen en la Cámara de Diputados, a propuesta del vicecoordinador de Morena, el diputado Alfonso Ramírez Cuéllar, quien afirma que la Ley busca incentivar la inversión privada, en un esquema actual en el que la mayor parte de las obras en los estados se deciden de manera directa en la federación, mientras las entidades, y no se diga los municipios, tienen muy poca capacidad financiera.

La desaparición de la Ley de APPs y de dichas asociaciones como tales no significan la anulación de todo lo relacionado con una asociación entre inversiones pública y privada, por el contrario, busca evitar los abusos y excesos en que se caían por vacíos legales del anterior esquema. Se plantea la utilización de las Afores, la creación de Vehículos de Propósito Específico, como fideicomisos, que permitan aislar riesgos, emitir instrumentos bursátiles y canalizar ahorro institucional hacia infraestructura. Asimismo, se autoriza el inicio de procedimientos de contratación antes de contar con la suficiencia presupuestaria definitiva, por excepción y solo con autorización de la Secretaría de Hacienda, debiendo tramitarse las adecuaciones previo al fallo.

Un aspecto importante es la creación del Consejo de Planeación Estratégica como un órgano consultivo, presidido por el titular del Ejecutivo, encargado de definir prioridades, emitir recomendaciones y dar seguimiento a las inversiones. La idea es buena, siempre y cuando prevalezca un fuerte componente técnico, con planeación, visión de largo plazo y que evite la politización, para evitar caer en caprichos de elefantes blancos sexenales e improvisaciones.

Paradójicamente, uno de los reclamos de la oposición es que la nueva ley resulta muy “neoliberal”. Sin embargo, hay aspectos pendientes que habrán de afinarse en el Reglamento, como la asignación de riesgos, más cargados hacia la iniciaiva privada, cuando lo ideal sería que los maneje la parte que esté mejor preparada para evaluarlos y gestionarlos. Otro es el del equilibrio económico contra beneficios sociales, para dar certidumbre para los retornos financieros, puesto que hay proyectos que, por más que se le busque, los privados no ven claro el beneficio de invertir en ellos.

Por último y no menos importante es la certeza jurídica. Sería deseable hacer valer opciones en el Reglamento para los contratos como paneles de prevención y resolución de controversias y/o arbitrajes internacionales, para evitarse procesos legales largos y en un Poder Judicial que cada día genera más desconfianza con la balanza cada vez más inclinada hacia el gobierno.

El talento tecnológico: entre la especialización y la visión estratégica

En el tablero empresarial actual, donde la transformación digital dejó de ser promesa para convertirse en condición de supervivencia, el talento tecnológico ya no es solo un recurso: es una ventaja competitiva crítica. Sin embargo, lo que estamos viendo en el mercado laboral mexicano durante 2026 revela algo más profundo que una simple alta demanda de perfiles TI (Tecnologías de la Información). Estamos frente a una redefinición del tipo de profesional que las organizaciones necesitan para avanzar; hoy, no basta con saber programar.

El ranking de los perfiles tecnológicos más buscados que presenta Computrabajo, el sitio de empleo líder en Latinoamérica, muestra un equilibrio interesante entre roles técnicos —como desarrollo backend o .NET— y posiciones que requieren una visión integral del negocio, como los líderes técnicos, project managers o especialistas en análisis de datos. Esta combinación, responde a una realidad donde la tecnología ya opera como eje transversal de todas las áreas de una empresa.

En este nuevo contexto, el verdadero diferenciador no es únicamente el conocimiento técnico, sino la capacidad de conectar ese conocimiento con resultados concretos. Las empresas están priorizando perfiles que entiendan el “para qué” de la tecnología, no solo el “cómo”.

Por eso, no sorprende que entre las habilidades más demandadas aparezcan competencias como el análisis, la resolución de problemas, la comunicación o el trabajo en equipo. El dominio del inglés, por su parte, deja de ser un “plus” para convertirse en un requisito operativo en un entorno globalizado donde los equipos son cada vez más distribuidos.

Por otra parte, el crecimiento de posiciones junior revela una apuesta estratégica por parte de las organizaciones. Ante la escasez de talento altamente especializado, las empresas están optando por formar desde dentro, desarrollando capacidades y alineando perfiles desde etapas tempranas.

Es, en esencia, una inversión a mediano plazo que busca asegurar la sostenibilidad del negocio. No obstante, este enfoque también plantea un reto importante, y es que formar talento requiere estructura, liderazgo y, sobre todo, una cultura organizacional que valore el aprendizaje continuo. Sin estos elementos, el esfuerzo corre el riesgo de diluirse.

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