El edificio que consume energía de más ya no es un problema de infraestructura; es un riesgo financiero y reputacional
Por Francisco Torres, Director de Operaciones de Energía de Veolia en México
Hay una conversación que los directivos hospitalarios casi nunca tienen en la sala de juntas, pero que debería estar ahí con la misma frecuencia que los indicadores de ocupación o el CAPEX: ¿cuánto cuesta un mal mantenimiento y operación de nuestras instalaciones?
Un hospital puede tener una factura de energía “razonable” y aun así estar perdiendo dinero por armónicos que envejecen sus transformadores antes de tiempo, por un factor de potencia deficiente que le genera penalizaciones en cada recibo de CFE, o por equipos de climatización que consumen 20% más de lo que deberían por un mantenimiento preventivo mal ejecutado durante años. Ese dinero simplemente desaparece.
En México, existe una creencia extendida y peligrosa en sectores que dependen de infraestructura intensiva que mientras todo funcione, el problema puede esperar. En el hospitalario, si el quirófano opera, si el sistema de climatización “enfría” y si la planta de emergencia arranca cuando se va la luz, entonces “todo está bien”.
Lo que esa lógica ignora es que en instalaciones que operan las 24 horas del día, los 365 días del año, ‘funciona’ y ‘funciona bien’ son dos cosas distintas. La degradación es silenciosa, y cuando finalmente se manifiesta, lo hace de tres formas que ningún director general quiere enfrentar. Una falla en un momento crítico, una auditoría regulatoria que exige inversiones fuera de presupuesto, o un incidente que sale en los medios.
Ese tercer escenario es el que más subestiman los equipos directivos. La reputación de un hospital se construye durante años y puede erosionarse en cuantas horas. Un corte de energía en terapia intensiva, una falla en el sistema de respaldo durante una cirugía, o la imagen de un edificio que opera al límite de sus condiciones básicas son suficientes para que pacientes, aseguradoras y autoridades comiencen a hacer preguntas incómodas e incluso fincar responsabilidades.
Existe evidencia suficiente de que la gestión eficiente de instalaciones es una palanca financiera. En Veolia, con más de 170 años de experiencia global, llevamos décadas acompañando hospitales en Argentina, España, Italia y Reino Unido que migraron hacia modelos profesionales de operación y mantenimiento, logrando reducciones de entre 18% y 29% en consumo energético, con ahorros anuales que van de cientos de miles a millones de euros.
Lo lograron sin desembolsar capital propio, porque el esquema se financia con Veolia y se recupera la inversión con los ahorros que el mismo proyecto genera. También dejaron de pagar penalizaciones invisibles en su tarifa eléctrica. Se dejaron de reemplazar equipos médicos antes de su vida útil por daños derivados de mala calidad de energía. Se dejaron de enfrentar inversiones de emergencia cuando la autoridad llegó a revisar.
Y, en términos de mercado, se posicionaron como instituciones que gestionan bien lo que tienen, lo cual tiene un valor que ninguna auditoría contable captura fácilmente, pero que pacientes y aseguradoras sí reconocen.
Con frecuencia, cuando hablo con directivos hospitalarios sobre eficiencia energética, la conversación empieza en la tecnología, en los paneles solares, en la cogeneracion. Pero desde nuestra experiencia operando instalaciones complejas en todo el mundo, sabemos que ninguno de esos proyectos funciona sobre activos deteriorados por un mantenimiento preventivo deficiente. Antes de hablar de renovables, hay que saber en qué estado están las instalaciones actuales.
Lo que esa experiencia nos ha enseñado es que el aliado estratégico adecuado —uno que entienda tanto de operaciones hospitalarias como de eficiencia energética— llega a entender primero cómo opera el hospital, dónde se están fugando los recursos y qué tan lejos está la infraestructura actual de su potencial real. Desde ahí se construye un plan que tiene sentido financiero y técnico.
Los hospitales mexicanos operan bajo una presión constante que seguirá creciendo. En ese entorno, un edificio que consume de más dejó de ser un problema de infraestructura para convertirse en un riesgo que aparece en dos lugares que ningún director general puede ignorar: el balance y la reputación institucional.
La buena noticia es que ambos riesgos tienen solución. Y empieza por decidir gestionarlos antes de que el mercado, o un imprevisto, lo haga por ti.
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