Del objeto a la experiencia: una nueva mirada al Día del Niño

Ximena García, directora general de Kent International Academy, invita a repensar el Día del Niño desde la experiencia y el vínculo, más allá de la acumulación de juguetes. Su propuesta: regalar con intención y leer las señales culturales que marcan la infancia.

El Día del Niño suele estar marcado por campañas publicitarias y un consumo acelerado que convierte la fecha en un escaparate de tendencias. Sin embargo, Ximena García plantea una reflexión distinta: “El verdadero valor de un juguete no está en su precio, su tamaño o su popularidad, sino en la experiencia que provoca”.

La directora de Kent International Academy insiste en que el reto no es dar más, sino dar mejor. “Queremos ver felices a nuestros hijos, y muchas veces confundimos felicidad con acumulación. Pero darles todo no siempre significa darles lo mejor. A veces, lo más valioso es detenernos a observar quiénes son hoy, qué les interesa, qué despierta su curiosidad”.

García describe un fenómeno que muchos hogares conocen: el “cementerio de juguetes”. Objetos casi nuevos, olvidados en un rincón, que alguna vez fueron el centro de emoción y hoy pasan desapercibidos. “Ese cementerio no habla de falta de amor, sino de la velocidad con la que consumimos incluso en la infancia. Es un síntoma de cómo hemos trasladado la lógica del consumo inmediato a los niños”, afirma.

Para ella, el juego es mucho más que entretenimiento. “El juego es el lenguaje natural de la infancia. A través de él, los niños exploran el mundo, desarrollan pensamiento, fortalecen su cuerpo y construyen su mundo emocional. Por eso, cuando hablamos de regalar, deberíamos pensar en experiencias que acompañen ese proceso, no sólo en objetos que se agotan en minutos”.

“Un solo juguete bien elegido puede aportar más valor que varios sin propósito. Reducir también es enseñar a valorar”, explica. En su visión, los juguetes abiertos —aquellos que no tienen una única forma de usarse, como bloques, materiales de construcción o sets de arte— son aliados para estimular la imaginación. “Son juguetes que crecen con el niño, que se transforman en cada etapa y que permiten que la creatividad sea el motor del juego”.

Más allá de la caja envuelta en papel de regalo, García subraya que las experiencias compartidas son las que dejan huella. “Una salida especial, tiempo de juego compartido o una actividad nueva puede marcar más que cualquier juguete. Lo que recordamos de nuestra infancia no siempre son los objetos, sino los momentos que nos hicieron sentir acompañados”.

En este sentido, invita a los padres a observar antes de comprar. “Las pistas están en lo que repiten en su juego, en lo que les interesa últimamente. Ahí encontramos señales más valiosas que cualquier tendencia comercial”.

Otra de las recomendaciones es la rotación de juguetes. “Guardar algunos y reintroducirlos después puede renovar el interés sin necesidad de comprar más. Es una forma de enseñar que lo nuevo no siempre viene de afuera, sino de la manera en que nos relacionamos con lo que ya tenemos”.

La frase que resume su propuesta es contundente: “Ningún juguete sustituye la presencia. Jugar con ellos sigue siendo el regalo más significativo”.

La reflexión de García se conecta con un debate más amplio: la saturación de contenido y consumo en la sociedad actual. “Las tendencias cambian rápido y las audiencias son cada vez más críticas. Interpretar la cultura se ha convertido en una herramienta indispensable, no sólo para las marcas, sino para las familias. Aprender a leer las señales antes de que se vuelvan evidentes nos permite tomar decisiones más conscientes”.

“No se trata de seguir tendencias, sino de entender qué experiencias valoran los niños y cómo esas experiencias construyen identidad”, concluye.

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